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De la única manera posible

Comentario de opinión de Jairo Velasco sobre la actualidad del Burgos CF.

El fútbol ha cambiado de piel mil veces. Se ha llenado de datos, de pizarras digitales, de algoritmos que prometen descifrarlo todo; Ha ganado velocidad, precisión y discurso. Pero en el fondo sigue siendo el mismo juego sencillo de siempre. Porque por mucho que evolucione, por mucho que se disfrace de modernidad, la verdad acaba apareciendo sin necesidad de estadísticas avanzadas: gana el que menos se equivoca. No el que más propone, ni el que más brilla durante más tramos, sino el que entiende que el error es el único lujo que este deporte nunca ha perdonado. Y así, de la única manera posible, el fútbol vuelve a recordarnos que la victoria casi siempre está más cerca del que sabe fallar menos.

Por Burgos hemos visto pasar entrenadores de todos los estilos, unos que primaban la austeridad y el resultadismo, otros que pretendían tener buen trato de balón y también muchos otros que se fueron sin que la afición tuviese muy claro que estaba en sus cabezas. Entre ellos pocos destacan tanto por la confianza en su cuaderno como Luis Miguel Ramis.

Ajeno a todo el runrún que se genera en público y prensa acerca de su estilo de juego, de su poca vistosidad y el poco hambre que muestra en muchos partidos para llevarse los tres puntos, él tiene su planning perfectamente definido: cero errores propios, que pasen pocas cosas, y que las pocas que pasen sean a nuestro favor.

Poca discusión puede tener un plan que sale bien, porque como ya sabemos, el fin justifica los medios y este fin nos está llevando a una zona muy noble de la clasificación, sin las apreturas que el año pasado desestabilizaban la parcela deportiva y técnica. Entonces ¿el aficionado se lo pasa mejor cuando su equipo gana o cuando intentando jugar bien no consigue los resultados?.

Parece que la respuesta es clara y de poco vale pensar lo contrario, porque los dogmas del entrenador tarraconense son férreos y en su cabeza no se valora el cambio de rumbo, anteponiendo sus ideas a jugadores y críticas. La personalidad del míster es inquebrantable y motivos tiene más que suficientes para seguir confiando en sus mandamientos.

A partir de aquí, el partido del sábado se explicó casi solo. Volvió a faltar imaginación, ritmo y ese punto de desequilibrio que abre partidos cerrados. Por eso, cada llegada tuvo más de espera que de construcción, más de intuición que de plan. La sensación fue clara durante muchos minutos: el gol no iba a nacer de una jugada elaborada, sino de un error ajeno, de un mal control, una salida fallida o una decisión tardía del rival. No por convicción, sino por pura lógica de planteamiento, esa era la única vía posible para encontrar la portería.

Y esta practicidad es la que nos ha traído hasta aquí, y eso también es de agradecer a Ramis. Además, el jueves disfrutaremos de un premio que hace más de treinta años que no paladeamos tras un sorteo en el que la suerte pareció resultarnos esquiva pero que ahora nos da un halo de esperanza hacia conseguir cotas aún más grandes.

Un partido histórico en el que la fe puede igualar los potenciales de dos equipos con niveles mucho más alejados de lo que la emoción del momento nos pueda hacer imaginar y que debemos disfrutar con esa sensación interior del que sabe que está viviendo algo para el recuerdo, porque esa combinación nos puede generar una noche mágica.

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