lunes, junio 24, 2024
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Insuperable

Articulo de opinión de Jairo Velasco sobre la actualidad del Burgos CF.

En la vida de las personas hay fechas que quedan marcadas para siempre, que perduran en el tiempo y que inevitablemente te sacan una sonrisa al recordarlas. Momentos en los que también están grabados los que te rodean, y en los que la mente te lleva a aquellos que no están pero los sientes a tu lado.   

Noche de comunión, de abrazarte a tu compañero de butaca aunque no sepas ni quién es, porque ese día le sientes como a un hermano. Emoción que aún recorre tu sistema nervioso ya pasadas unas horas desde el pitido final, vello erizado, piel de gallina. Armonía entre todos los presentes que entendieron que más allá de un partido de fútbol se defendía a toda una ciudad, unos colores, un himno y un espíritu de lucha que acompaña a todo burgalés obligado a salir de su hogar. 

Tierra sagrada donde yo nací, suelo bendito donde moriré. Un derbi con ganas de revancha después de lo ocurrido en el mes de octubre, en lo que todo lo que pudo salir mal, salió mal; Un Burgos en dinámica ascendente frente a un Valladolid con infinidad de recursos pero con dudas desde el inicio de la temporada. La batalla estaba asegurada y el apoyo de la grada se presumía fundamental para marcar la diferencia.

Noventa minutos de tensión, de ojos vidriosos, de despejar cada balón desde tu asiento, de gritar cada canción hasta salir con la voz rota. Once blanquinegros en el césped que parecieron jugar con las ganas de todos los aficionados, no regalando ni un centímetro de terreno y luchando cada balón hasta su visible extenuación. 

Dentro de toda esta vorágine de sentimientos tengo que dedicar un párrafo a Jon Pérez Bolo. Un tipo frío, sin demasiada verborrea, quizás con un espíritu mucho más burgalés de lo que pudiera parecer, y que pese a recibir palos de todo el mundo, dentro de los que me incluyo, ha sabido modificar su idea de juego inicial para adaptarla a sus jugadores y lograr así un equilibrio muy interesante y con personalidad. 

Es verdad que el equipo no brilla por su juego, que tampoco generamos tantas ocasiones como en los primeros partidos, pero esa endeblez defensiva mostrada al inicio de temporada se ha convertido en fortaleza y organización, minimizando los errores e intentando llevar la pelota hasta tres cuartos de ataque donde la verticalidad de las bandas está siendo la piedra angular del ataque burgalés. 

Ahí es donde destacó Ander Martín. El donostiarra, que llegó con muy buen cartel, parecía haber perdido su sitio en un once inicial en el que partió en los primeros compases de la competición, siendo relegado a los minutos “de la basura”. Ejemplo de trabajo y esfuerzo, el sábado aprovechó su titularidad explotando todas esas cualidades que encantan en Burgos, sumándose a la causa en lo que queda de temporada. 

Los nervios se transformaron en animación y el alivio llegó con los tres pitidos finales. La celebración de jugadores y afición, como se diría en la jerga juvenil, fue “otro rollo”; Vuelta de honor incluida para esos que ayer defendieron el escudo como si hubiesen nacido en Gamonal, San Pedro de la Fuente o El Crucero. El Burgos es toda mi vida. 

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