Comentario de opinión de Jairo Velasco sobre la actualidad del Burgos CF.
Creer es una necesidad tan antigua como el propio ser humano. Cuando la razón no alcanza para explicar determinados sucesos, aparece la fe en lo intangible como refugio y como respuesta: la esperanza, el destino, la suerte. Creer nos ordena el caos, nos permite levantarnos tras la caída y nos ayuda a dotar de sentido a aquello que escapa al control. En un mundo lleno de certezas frías y datos incontestables, seguimos aferrándonos a lo que no se puede tocar, pero sí sentir, porque creer —aunque no garantice resultados— nos mantiene vivos por dentro.
Y en el deporte, creer es especialmente hermoso. Ilusionarse con un equipo es una forma cotidiana de fe: confiar en once jugadores, en un escudo, en una historia compartida que trasciende los noventa minutos. Esa creencia se cuela en la vida diaria, condiciona el ánimo del lunes, alimenta conversaciones, une a generaciones y enseña a convivir con la derrota y a saborear victorias efímeras. Porque al final, creer en tu equipo no es solo fútbol; es una manera de recordarnos que la ilusión, incluso cuando parece irracional, sigue siendo una de las fuerzas más poderosas que tenemos.
Una grada ilusionada al máximo ante la posibilidad, cada vez más real, de que un equipo de la ciudad vuelva a pisar la más alta categoría del fútbol español después de treinta y cuatro años. El vértigo ante lo que se puede venir está dejando paso a la convicción, empujado por una plantilla que solo tiene en la cabeza un objetivo y que lo está contagiando como un prion a cualquiera que pisa cerca de El Plantío.
La moneda volvió a salir cara, pero cuando algo es recurrente, deja de ser azaroso. Ramis planteó un partido largo, que se definiera en el último tercio, a sabiendas de que al Sporting solo le valdría una victoria para apurar sus efímeros anhelos de engancharse a la zona alta. Exhibición física de un equipo que a parte de usar el corazón, llega a los tramos finales de los partidos cargado de energía para dar la puntilla a aquellos que anteriormente se han desgastado en su maraña defensiva.
Y como no hay final feliz sin héroe, el “nueve” tenía que aparecer. Un Fer Niño diferencial culminó su magnifica actuación con una obra de arte que ya ha pasado a la historia de nuestro club. “Bella como un gol en el noventa”. Historia no solo por la importancia del gol, si no por la manera de unir a una grada en una celebración como las que pocas se recuerdan en nuestro feudo. La comunión es absoluta y algo especial parece flotar en el ambiente que invita a ser muy optimistas.
Terminamos la jornada en fase de ascenso y a un solo punto del ascenso directo, pero lo mejor no es eso. Lo mejor es saber a ciencia cierta que este equipo va a competir sea cual sea el rival. Un respeto que se ha ido ganando jornada tras jornada, desde abajo, como se ha desenvuelto el club en las últimas décadas. Trabajo, esfuerzo y compromiso que identifican a la perfección a los de abajo con los que no meten goles, pero pueden inclinar el campo desde su butaca.
Para los siete partidos que quedan no hacen falta discursos grandilocuentes ni mirar más allá del próximo fin de semana. Basta con mantener lo que se ha construido: un equipo fiable, competitivo y convencido de lo que hace. Quedará sufrimiento, porque siempre lo hay cuando el premio puede ser tan valioso, pero también la sensación de que el camino ya está marcado. Creer, sí, pero con los pies en el suelo; confiar en un grupo que ha demostrado personalidad en los momentos clave y en una afición que entiende que esto se empuja entre todos. El objetivo está al alcance y, pase lo que pase, este equipo ha devuelto algo fundamental: la ilusión de mirar el calendario sin miedo y pensar que lo mejor todavía está por escribir.












