Artículo de opinión de Jairo Velasco sobre la actualidad del Burgos CF.
Hay futbolistas que encajan en un club. Y hay otros que parecen hechos para él. Aitor Córdoba Querejeta pertenece a este segundo grupo. Porque durante siete años, el dorsal 18 no solo ha defendido el escudo del Burgos Club de Fútbol; lo ha representado. En su manera de competir, de comportarse y de entender el fútbol siempre hubo mucho de esta tierra: sobriedad, sacrificio y una fortaleza que no necesita hacer ruido.
Llegó joven, con 23 años, en un Burgos que aún luchaba por abrirse camino. Como suele suceder aquí, nadie prometía nada, pero todo se ganaba. Desde el primer día fue titular, no por nombre ni currículo, sino porque se lo ganó en el césped de El Plantío, partido a partido, como se ganan las cosas en esta ciudad: con trabajo y constancia, incluso cuando el frío aprieta y el viento sopla en contra.
Burgos no regala aplausos fáciles. Su gente es exigente, acostumbrada a inviernos largos, a resistir con paciencia y a valorar la autenticidad por encima del artificio. Tal vez por eso Aitor conectó pronto con la afición. Nunca fue el jugador de grandes gestos ni declaraciones grandilocuentes, pero siempre fue el que estaba. El que no se escondía. El que daba la cara cuando la situación lo requería y carácter cuando el equipo lo necesitaba.
Entre los 23 y los 31 años, Aitor creció al mismo ritmo que el club. Fue testigo y protagonista de siete temporadas que cambiaron la historia reciente del Burgos. Y entre todas ellas, hay un recuerdo que quedará grabado para siempre: el ascenso al fútbol profesional. Aquella hazaña fue mucho más que un logro deportivo; fue la recompensa a una forma de hacer las cosas. Y el dorsal 18 estuvo allí, siendo uno de los pilares silenciosos de un equipo que devolvió al Burgos al mapa del fútbol nacional.
Más allá de lo futbolístico, Aitor ha sido ejemplo. Educado, respetuoso, siempre correcto, dentro y fuera del campo. Un profesional de los de antes en un fútbol cada vez más acelerado y un referente que entendió que vestir la camiseta blanquinegra implica responsabilidad, orgullo y compromiso diario con una afición que no pide milagros, solo honestidad.
Hoy toca despedirse. Y duele. Duele porque no se va cualquiera; se va alguien que ya forma parte de la identidad del club. Pero también es una despedida limpia, justa y necesaria. Aitor tiene derecho a elegir su futuro, a seguir caminando tras haberlo dado todo aquí. Se marcha con el respeto de una ciudad entera y con la gratitud sincera de una afición que sabe reconocer a los suyos.
Como el clima de Burgos, su paso por el club no siempre fue cálido, pero sí firme. Resistente. Auténtico. Y por eso permanecerá. Porque hay jugadores que pasan, y otros que se quedan para siempre en la memoria.
Aitor Córdoba es, desde hoy, parte eterna del Burgos Club de Fútbol.
Gracias, capitán. Esta siempre será tu casa.












