“El pasado 30 de diciembre falleció José María Pérez-Cecilia, víctima de Covid-19…”, tuve que hacer una pausa. No pude seguir leyendo el texto. Me senté para tomar un poco de aire. Inmediatamente trasladé mis más sentidas y profundas condolencias a quien compartió momentos dulces que son la continuidad de su vida, sus hijos. Y momentos amargos que los hubo y, los que conoce quien suscribe, los considero totalmente injustos, sobrevenidos, inesperados, pero los llevó con orgullo, paciencia y en ello entregó parte de su vida.

José María Pérez-Cecilia Carrera era un hombre que desde la docencia, desde el punto más modesto de la docencia, decidió dar parte de su tiempo a la política. Y lo hizo en un momento complicado en la ciudad de Burgos. Compartió legislatura con Valentín Niño y tuvo como compañeros de bancada, por ejemplo, a Damián González Díez, trabajador infatigable, a Gerardo Triana Sánchez y otros de aquellos años de principios de la década de los años 90.

Además de la rutina política diaria, de poder conseguir el objetivo de la anhelada Alcaldía para el PSOE de Burgos, José María era un hombre identificado con sus ideales y con la única forma de conseguir esos objetivos, desde el trabajo, el trabajo y el trabajo. Y el trabajo sacrificando aquello que tanto quería, la familia. Que tanto padeció y sufrió.

Si hubo un capítulo por el que José María entregó horas de sueño, pecunio personal sin límite y los momentos más ilusionantes en el crecimiento de sus hijos, fue el fútbol. El puñetero balón redondo le llevó por el camino de la amargura. A él y a su entorno. A su entorno más íntimo, más personal, aquellos que cuando llegaba a casa le recibían, le apoyaban y le escuchaban.

Pero José María llevaba la profesión por dentro, lo sufría en sus carnes y así fue a lo largo de los años. Apoyado por el partido, aunque con matices, José María fue llevando el fútbol como pudo. Tratando de olvidarlo, de alejarlo y dejando que fuera un reducto inerte, sin vida. Bien sabía José María que la única forma de salir de ahí, de ese círculo infinito de persecución contínua, era la disolución que nunca llegó, pero la vida debía seguir.

José María fue un hombre que se entregó en todo aquello a lo que se comprometió y lo hizo con profesionalidad, con dedicación total y sin fisuras. El legado de trabajo, de entrega, de ser compañero cien por cien es un orgullo para sus dos hijos. Lo fue en vida y lo sigue siendo ahora que la pandemia se lo ha llevado con adelanto.

Gracias por los momentos que compartimos porque si algo aprendí a tu lado, es la sinceridad, el trabajo sin horario ni descanso y la asunción de los compromisos adquiridos. Y tú lo hiciste con creces. DEP.