(Fotografía: SPB/Borja B. Hojas)

Podría intentar que este fuera el texto más bonito del mundo. Podría tratar de explicar con metáforas más o menos acertadas cómo un club de baloncesto de poco más de cinco años de vida, el Hereda San Pablo Burgos, se alzó como campeón de la Basketball Champions League. Podría escribirles del espíritu del Cid Campeador y de la Catedral. Pero hoy no. Porque seguro que todo eso ya lo han leído antes.

Prefiero hablarles del esfuerzo de un novato equipo que viajó por Europa semana tras semana en el mundo previo a la pandemia para ir ganándose su hueco entre los mejores del torneo continental. De la reconstrucción de la plantilla con el cambio de temporada, de la inmensa labor de los que estuvieron entonces y de los que están ahora. De la ambición por conseguir algo grande. Del hambre insaciable por acrecentar un épico y dorado capítulo en la historia del deporte burgalés.

De la determinación en la mente de unos jugadores y de un cuerpo técnico que aterrizó en Atenas un lunes sin saber que el domingo iban a coronarse delante de toda Europa. O quizá sí lo supieran. Puede que solo ellos lo hicieran.

De la dedicación de cada uno de los miembros del equipo en los entrenamientos. De la minuciosidad y de la delicadeza con la que el grupo al completo corrige sus movimientos sobre la cancha. De cómo pulen cada jugada en busca de la excelencia.

De la calma con la que se instalaron las victorias del partido de cuartos y de la semifinal en la concentración burgalesa. Porque ellos sabían que el camino aún no había terminado. Que dar pasos adelante era primordial, pero que ni de lejos era el único objetivo. Que habían viajado a Atenas para llevarse el título. Que las finales se juegan, claro. Pero que, sobre todo, se ganan.

De la enajenación que lleva a una jefa de prensa a decirle a uno de sus jugadores que les quería muchísimo mientras abandonaban el pabellón después de meterse en la final por el campeonato de la BCL. De la confianza con la que él la miró antes de responder que les iba a querer todavía más el domingo. De la fe que le llevaría a convertirse en el MVP de la final.

Del “No te olvides de dónde vienes” de La M.O.D.A. que resonaba en el OAKA antes de los partidos más importantes de la trayectoria de este club. De que los presentes en Atenas nos acordásemos de los que apoyaban con toda su alma desde Burgos. De las lágrimas que inevitablemente se acumularon en los ojos y resbalaron por las mejillas cuando sonó la bocina final.

De la necesidad de fotografiar el marcador del pabellón ateniense para convencernos de que no había sido un espejismo. De que todo aquello había sido muy real. Y de que el puto Hereda San Pablo Burgos (con perdón) estaba a punto de levantar el trofeo de campeón.

De cómo más de una semana después todavía parece una locura. De la manera en que los retazos de la Final 8 van resurgiendo en la memoria algo dispersos e inconexos, con saltos en el espacio y en el tiempo. De la forma precisa en la que se narran los mejores sueños.

De que no es casualidad que una de las peñas del Hereda San Pablo Burgos lleve el nombre de Andrés Montes. Porque él insistía en que la vida puede ser maravillosa, como quien conoce un secreto que a los demás nos cuesta un ratito más descifrar. Y qué razón tenía. Porque, últimamente, la historia y la vida del equipo burgalés se empeña en ser maravillosa.