(Fotografía de portada: SPB/Borja B. Hojas)

Cae el sol de tarde en Valencia. Salimos de la estación Joaquín Sorolla hacia el autobús del equipo, que espera con Fernando al otro lado de la calle para llevarnos al hotel. Hacemos turismo desde las ventanillas. Pasamos cerca de una estatua del Cid Campeador que nos da su particular bienvenida a la ciudad.

Sobrevivimos a los protocolos, a las PCR y a los análisis serológicos. Nos hemos acostumbrado tanto a esa rutina que casi la hemos aceptado como normal. Han puesto un futbolín y una mesa de ping-pong en la zona común del hotel. Los alojados van mejorando considerablemente sus habilidades en ambas disciplinas. El paso de los días nos hace perder la noción del tiempo, pero a la vez va transformando, sin que nos demos cuenta, esas cuatro paredes ajenas en una suerte de casa.

En los trayectos de ida y vuelta a L’Alqueria y a La Fonteta, el bus del equipo se llena de música. Suenan Kool & The Gang, Bob Dylan, Queen o M-Clan. Hay un entrenador que dice que hacía mucho tiempo que no escuchaba una música tan buena en un vestuario. Y que con esas canciones se puede llegar a cualquier lado.

Sobrevuela en el ambiente una de esas sensaciones intangibles en las que se esconde la magia de las cosas importantes. Este equipo todavía no lo sabe, pero va a entrar en la historia. Noto un cosquilleo en la punta de los dedos. Leo en el pabellón valenciano una frase: “És possible”. Sonrío debajo de la mascarilla.

Nunca he sentido tan de cerca una concentración de equipo de este calibre, así que contrasto opiniones. Ni siquiera aquellos que han acudido con sus selecciones recuerdan haber vivido una experiencia similar. Han creado una burbuja brillante y llena de luz, que ha transformado un equipo de baloncesto en un grupo de amigos que sabe que es capaz de todo y que va a dejarse hasta el último aliento para conseguirlo.

Llegan decenas de mensajes desde casa para hacernos saber que toda Burgos (y parte de otras ciudades) está ahí, aunque no pueda sentarse en las gradas de La Fonteta. Y trasladan su ánimo para ganar a Casademont Zaragoza, para coronarse ante el Real Madrid, para dejarse la vida frente a Herbalife Gran Canaria y Valencia Basket, para aportar su arrojo desde la distancia y remontar a MoraBanc Andorra.

He perdido la cuenta de las peticiones de atenciones a medios que mantienen encendida la pantalla de mi móvil. Acabamos de ver el partido del que dependíamos para hacer historia desde el jardín del hotel. Hay saltos a la piscina, abrazos, brindis y palabras emotivas. Estamos en las semifinales de acb. Y lo vamos a celebrar volviendo a L’Alqueria para someternos a las enésimas pruebas médicas. Nunca nadie acudió a una cita así tan feliz.

Caminamos un par de palmos por encima del suelo porque continuar en Valencia a esas alturas ya es un sueño del que no nos queremos despertar. El equipo vuelve a demostrar su valentía y su fe mientras se mide a un favorito Barça que termina haciéndose con la plaza para la final del torneo. Una lagrimilla quiere asomar al borde del párpado, pero aún aguanta.

Los recuerdos de los pasados diecinueve días comienzan a agolparse en la retina, fotograma a fotograma, para componer una película que cualquiera de nosotros volvería a vivir sin pensárselo dos veces y sin saltarse ni una escena. Prometía la Fase Final de la Liga Endesa que iba a ser excepcional, pero no sabíamos hasta qué punto iba a serlo de verdad.

Excepcional, como esas semanas de junio en Valencia, tan extrañas y tan bonitas al mismo tiempo. Excepcional, como supone que un recién llegado a la élite como el San Pablo Burgos alcance una semifinal de acb. Excepcional, como lo es el increíble grupo humano que se convirtió en una familia para creer con toda su alma que hacer algo grande era posible (si ya lo decía la frase de La Fonteta…). Excepcional, como solo se puede definir a un equipazo que demostró serlo desde el primer hasta el último día y que se ganó por derecho propio el haber escrito su nombre con letras doradas dentro de la historia del deporte burgalés.