En estos momentos hacer un puzle es terapéutico. No un puzle fácil, no, mejor uno de muchas piezas, de mil por lo menos. Que nos enganche a construirlo por partes, o por colores, o poniendo todas las piezas alrededor y rellenar después, como nuestro antojo prefiera.

Vamos colocando una a una. Sentimos esa magia con la que se abrazan a sus vecinas, y descansan en ese encaje vital perfecto del que encuentra su sitio. Cuando lo completamos la primera vez, vamos inseguros, despacio, con aciertos y errores. Con paciencia ves aparecer el conjunto.

Cuando lo has construido más veces y lo repites, tienes esa seguridad en tus movimientos de pez en el agua, nadando en un río familiar.

Todas las piezas importan. Tal vez alguna sea más vistosa, porque tenga más color, sea una de las cuatro esquinas, forme parte de un rostro bello o contenga, entre sus curvas, la totalidad de un balón de baloncesto o de fútbol del partido que se está jugando en ese conjunto de colores.

Todas las piezas importan, sí, porque si una faltase, nuestros ojos irían rápido a su hueco y no aceptaríamos ese vacío, ese desequilibrio, y todo lo demás, por espectacular que fuera, ya no importaría. Sólo sentimos ese desencaje, ese desasosiego de la falta de una humilde pieza para ser un todo. La pieza perdida no sabe hasta qué punto es importante, desconoce su fuerza y se cree sin peso, un grano de arena en una duna.

Pero importa. La buscas y aparece, y la valoras más que a ninguna de las que ya están encajadas. La sujetas en la mano como el tesoro de un niño. Miras su espacio. No la espera ese hueco, no, la esperan todas las piezas. Todo el puzle la necesita. La miras como no has mirado a ninguna otra, la encajas feliz… y sonríes.