Al llegar, siempre te esperan las escaleras. Los peldaños aguardan, pacientes, a que los asciendas, uno a uno. Sientes el cosquilleo en el estómago al lanzarte a la grada. Paseas la vista por el terreno de juego y alcanzas sin esfuerzo tu localidad en la fila de siempre, con la misma confianza con la que pulsas el botón del ascensor que te lleva a tu piso. En el mejor de los casos, te acomodas en tu butaca sin problemas; en el peor, tienes que decir a quien la ocupa que está ubicado en el lugar equivocado. Y hale, vaya usted con viento fresco, que este no es el sitio que le corresponde.

Te sientas rápido, en el mejor de los casos, y ¡al fin!, en el peor, y saludas a esa familia deportiva sin lazos de sangre, o con ellos, de cada fin de semana. Charláis del tiempo, que vaya frío hace, nos hemos traído una manta; o del trabajo, han recortado personal y no sé si seré yo la siguiente; o de la alineación de turno, pero, ¿por qué se empeña en seguir poniendo a fulanito de titular si lleva tres partidos sin hacer nada?

Pero mira, que ya salen los equipos del túnel de vestuarios. Y dejas de hablar del tiempo y del trabajo para centrarte única y exclusivamente en el espectáculo que estás a punto de presenciar. Y aplaudes con aliento, en el mejor de los casos, o increpas por lo bajinis a fulanito, que no veas tú qué rabia, otra vez entre los titulares, en el peor.

Muchos de mis recuerdos como aficionada de grada empiezan más o menos así. Y nunca, hasta hace apenas dos meses, había presenciado un partido de competición oficial sin público. Entonces, el San Pablo Burgos se enfrentó al encuentro más importante de su breve historia europea. Desde la pista, vi la grada desierta y pensé: “Pues… Ya estamos todos”.

No se escuchó entonar el himno a coro como de costumbre, salvo por los esfuerzos de los compañeros de Instalaciones Deportivas, único reducto superviviente de afición con la disputa a puerta cerrada. Nadie allí se puso a gritar como un loco con ese triple, ni animó a su jugador después de que fallara aquel tiro libre, si bien algunos aplausos desde la zona de prensa trataban de paliar esa falta. Fue un partido extraño. Como si le hubieran arrancado una parte fundamental de su encanto, de su esencia. Me cuesta entender el deporte sin aficionados.

Pienso en el futuro más inmediato, que se perfila hacia ese escenario, y se me encoge un poquito el estómago porque intuye que tardará un tiempo en volver a sentir ese cosquilleo previo a vivir un choque en directo. Tendremos que conformarnos con jalear a nuestro equipo desde la distancia, sentados frente a la tele y/o con la oreja pegada a la radio.

Aguardaremos pacientes mientras tanto. Qué remedio. De la misma forma que lo harán esas escaleras del estadio, resignadas ante la ausencia de pisadas, pero expectantes para que pronto puedan volver a marcarnos el camino de ascenso a la grada. Entonces sí, en el mejor de los casos, regresaremos a nuestra localidad de siempre. Y el deporte habrá recuperado ese indispensable trocito de su alma.