Comentario de opinión de Jairo Velasco sobre la actualidad del Burgos CF
Hay rachas en el fútbol en las que todo parece inclinarse hacia el mismo lado, como si el juego obedeciera a una corriente invisible que empuja siempre a favor. Cuando la dinámica es buena, la confianza se contagia y hasta la suerte se atreve a seguir el compás. Es ese momento mágico en el que, si lanzaras una moneda al aire cien veces, no te sorprendería que cayera las cien con la cara hacia arriba. Porque hay equipos que, con el viento de cara —un viento que empuja, que impulsa, que acompaña—, convierten lo improbable en hábito y lo extraordinario en costumbre. Y es entonces cuando el rival no solo juega contra once, sino contra una inercia que parece imparable.
Y es que el fútbol parece dar una y mil vueltas en el transcurso de la temporada. Muchas horas de debate en torno a esa perdida de fortaleza que había parecido experimentar El Plantío, inservibles ya a estas alturas del año convirtiéndose ya en el séptimo mejor local. Equipos que en diciembre parecían lanzados y que ahora miran al descenso con cierto temor, y otros que parecían destinados a sufrir con cierto brillo en los ojos cuando miran la clasificación.
Suena extraño decir esto, pero nuestro equipo se ha abonado a la regularidad. Un juego práctico y sin demasiado lustre hasta las vacaciones navideñas que ha dado paso a mayor atrevimiento ofensivo una vez que el objetivo de la permanencia parecía conseguido, pero todo esto con un factor innegociable: la sobriedad defensiva. Cuatro porterías consecutivas a cero y únicamente dos goles en contra en las seis últimas jornadas hablan de un equipo con unos conceptos defensivos muy por encima de la media de la categoría.
Pero si algo hemos aprendido desde que llegamos a la segunda división, es que de poco valen las estadísticas una vez que la redonda está en juego. Y si bien no dimos demasiada importancia la jornada pasada a que el Eibar llegara como el equipo más enrachado de la liga, tampoco deberíamos prestar especial atención a las cinco derrotas consecutivas de un Córdoba en clara línea descendente. Orejas tiesas desde el inicio para evitar salir lamentándonos de la oportunidad perdida tal y como ocurrió contra el Cádiz.
Un equipo generoso, enchufado y confiado en su planteamiento, con once piezas que funcionan como una única unidad, y que salió al municipal con una mentalidad ganadora que pocas veces habíamos visto hasta ahora. Enfrente un Córdoba que adoleció de la inseguridad que arrastra últimamente y que los nuestros no dudaron en aprovechar además empujados por un viento que siempre pareció favorecernos, porque cada jornada que pasa este equipo, valga la redundancia, parece más equipo.
Afrontamos el tramo crucial de la liga con las mejores sensaciones posibles. Un momento dulce en el que todo parece encajar y que nos lleva hasta Valladolid en un partido en el que el componente clasificatorio y emocional, sin duda, condicionarán el devenir final. Primera vez en la que David llevará la casaca de Goliath, pudiendo meter en problemas a nuestros vecinos a la par que nos agarramos a la ilusión.
Momento inmejorable a nivel deportivo empañado por las tristes noticias extradeportivas que han visto la luz en la última semana. Un secreto a voces que recorría la ciudad desde hace aproximadamente un año y en el que por fin alguien se ha atrevido a poner nombre y apellido a la situación. Venimos de un escenario muy delicado, que a punto estuvo de arrastrarnos de nuevo a la desaparición, y no podemos olvidarlo. Ser crítico no nos hace menos del Burgos siempre y cuando sepamos diferenciar lo que ocurre en el verde a lo que ocurra en los despachos. No hay mas ciego que el que no quiere ver y no podemos volver a ser nuestros propios verdugos en nuestra propia historia.















