Emblema rojinegro que luce nuestra banda,
El nombre de Miranda en alto hay que poner.
Luchando con denuedo y brío irresistible,
Haremos invencible al once mirandés.
Miranda estalla de gozo y no es para menos. El CD Mirandés ya está en Segunda División. Por la puerta grande, ganando los dos partidos de la eliminatoria y dando una lección de deportividad. Cuando el año pasado el equipo se quedó a cinco minutos de la División de Plata, su presidente, Ramiro Revuelta, confesaba al que redacta estas líneas que “el año que viene lo intentaremos de nuevo y con más ganas”. Era un momento de tristeza y desolación. Aquel CD Guadalajara no fue mejor que el Mirandés y ascendió.
Esta temporada el CD Mirandés ha dado ejemplo a toda España de esos valores deportivos que tan poco de moda quedan en el fútbol: esfuerzo, humildad, tesón, confianza en el colectivo y sobre todo, una afición sobresaliente.
San Juan del Monte tiene que estar contento. Más que los mirandeses. El ‘santo verdadero’ ya tiene enfundada la camiseta rojilla. Los aficionados al fútbol, al deporte de verdad, también se han puesto encima los colores rojillos.
El mérito es del grupo. Desde el presidente al último socio, pasando por el colectivo formado por el cuerpo técnico y los futbolistas que han sido el vivo ejemplo de esos valores deportivos y sociales de los que hablaba.
Mucho se ha hablado del pichichi de la Copa, Pablo Infante, pero sin un grupo a su lado, Pablo no es nadie. Y el gran ‘culpable’ de toda esta historia es, no me cansaré de repetirlo, Carlos Pouso. El técnico de Leioa ha conducido con mano firme el vestuario; ha sido capaz de sacar el máximo rendimiento a todos y cada uno de los jugadores; ha dosificado el esfuerzo del grupo; ha bajado a la arena las euforias de la Copa y ha comulgado con la filosofía de la ciudad.
Sin él, nada hubiera sido posible. Pouso lloró el año pasado en el último partido ante el Guadalajara. Lo hizo de rabia e impotencia por no poder superar al cuadro de otro grande Carlos Terrazas. En Mallorca lloró, pero de alegría, un mérito compartido con la plantilla y con la afición.
Porque si de algo puede presumir el CD Mirandés es de una afición entregada y solidaria con las penas y las alegrías de su equipo. Que una ciudad de 40.000 almas meta a 6.000 personas en Anduva, es mucho. La pasión de Miranda es su CD Mirandés.
Ahora hay que planificar una temporada muy dura en la Segunda División; no habrá que olvidar los orígenes humildes del equipo, ni habrá que echar las campanas al vuelo sin antes planificar adecuadamente desde lo económico y lo deportivo un año que será un sueño del que, ojalá, no despertemos nunca. ¡Aúpa Mirandés!