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miércoles, 10 de marzo de 2010
 
 
Sello XX Aniversario
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Historia de la Villa de Oña


            Oña. Primavera de 1915. Supongamos un típico día primaveral de cielo azul. De agradable temperatura para caminar y pasear, y ese característico olor a boj y a pino que tienen nuestros montes. Varios jesuitas procedentes del colegio que la compañía tiene en Oña pululan por ellos en busca de vestigios arqueológicos Se trata de los padres José Mª Ibero, José Mª Rodríguez Fernández y Miguel Gutiérrez. A seis kilómetros al este de Oña, concretamente en el sitio llamado Valdelacueva, a mitad de camino entre Penches y Barcina de los Montes, se topan con una caverna localizada en lo alto de un talud y cubierta de matorral. Su angosta entrada da paso a un vestíbulo con apenas cabida para cuatro personas, para posteriormente adentrarse en un recorrido aproximado de 130 mts. en donde aprecían cinco cabras, cuatro grabadas y una grabada y pintada, varias figuras zoomorfas y paneles con incisiones verticales y horizontales.

            Estamos ante el inicio de una serie de descubrimientos que sacarán a la luz los restos primigenios de la protohistoria deCabras de Penches Oña. Inicio, porque posteriormente estas “excursiones” toparán con más restos en la cueva La Blanca y cueva El Caballón, situando al primer “oniense” conocido en el paleolítico superior, períodos gravetiense y magdaleniense (25.00-9.000 a.C.).

            Abandonamos la prehistoria, esa parte de la Historia caracterizada por la total ausencia de testimonios escritos, y comenzamos a zambullirnos en la Historia Antigua. Cinco eran los pueblos que ocupaban la actual provincia de Burgos a la llegada de los romanos a la península. De todos ellos, el de los autrigones, extendía sus dominios desde la paramera de Poza de la Sal hasta el desfiladero de Pancorbo, y desde la llanura de La Bureba hasta las tierras de Losa y Espinosa de los Monteros. Y es en este marco geográfico en donde se encuentra Oña. Y es en sus alrededores, concretamente en Barcina de los Montes, en donde se situó uno de los lugares de culto más importante a su dios Vurovio. Da fe de ello el hallazgo en 1976 de varias aras romanas destinadas todas ellas a esta misma divinidad. Su importancia también radica en el hecho de que, hoy por hoy, son el único testimonio que nos permiten conocer el origen del topónimo Bureba, que parece descender de esta deidad.

Durante la romanización, la tribu autrigona abandona las cumbres de los montes, y entra en la civilización de los llanos y de los cultivos de los campos. Y es en este momento cuando posiblemente surge el actual emplazamiento de Oña, con una función claramente defensiva en la calzada que conducía hacia el Cantábrico. Aunque sus restos arqueológicos no han salido a la luz, sí que son visibles en las cercanías como un pequeño bronce del emperador Trajano (117-138 d.C.) en Cornudilla, los restos de una villa romana en Hermosilla, o el puente romano de Terminón.

            La crisis del siglo III da al traste con el Imperio Romano, y con él a la sustitución del paganismo por el cristianismo, teniendo su plasmación práctica por medio del monacato y del eremitismo. La cueva de Santa Ana en un abrigo rocoso de difícil acceso sobre la carretera de Santander. La ermita de San Vitores en la carretera hacía Herrera de Valdivielso. O las cercanas localidades de Cillaperlata y Tartalés de Cilla con su necrópolis y la Cueva de los Portugueses respectivamente, son ejemplos de su presencia en Oña.

San SalvadorLlegamos al año 1011, concretamente al día 12 de febrero, día en el que queda reseñado para los anales de la Historia la fundación del monasterio de San Salvador de Oña. Fue el tercer conde de Castilla D. Sancho García, quien movido por razones políticas, religiosas y familiares procedió a su fundación, estableciendo una comunidad mixta (monjas y monjes) presidida por su hija doña Tigridia.

Esta “anomalía”, exclusiva del monacato hispano, se verá pronto subsanada cuando en 1033, tan solo 22 años después de su fundación, el rey Sancho el Mayor de Pamplona expulse bajo falsos pretextos a las monjas e introduzca la regla de San Benito. Monjes negros benedictinos de la mano de su consejero Iñigo. Su presencia será continuada y regular hasta 1835, momento de la Desamortización de Mendizábal y de su expulsión definitiva.


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